Espacio público? Mba’e pio péa?

por periodicosinpermiso

Público • adj. Perteneciente o relativo a todo el pueblo

Espacio público • lugar donde cualquier persona tiene el derecho de circular

Algo extraño está ocurriendo en esta ciudad. Durante las últimas semanas la presencia policial en el centro parece haber aumentado, alcanzando niveles que hacen recordar la oscura época de la dictadura. Más preocupante aún es la actividad de los uniformados: colocados estratégicamente, detienen personas, pidiendo su documento de identidad, preguntando de dónde vienen, a dónde van, qué hacen. Desde luego, los buenos ciudadanos trajeados no tienen nada que temer. Controladas son las personas con aspecto ‘sospechoso’: pobres, marginados, jóvenes con onda subcultural, gente con cabello largo, piercing o tatuaje. En fin, todxs aquellxs que no encajan en las normas establecidas, la famosa “normalidad”.

Generalmente, los controlados se someten de manera silenciosa –aunque impotente- a estas prácticas humillantes. Si alguna víctima osa preguntar sobre el porqué del control, la respuesta de los cerdos uniformados es casi siempre la misma: “es un control de rutina”. Si te resistís o no llevas tu documento, te esperan un par de horas en el calabozo. Si al verificar tu número de cédula encuentran una orden de captura, terminas en la cárcel.

Mientras tanto, Carlos Filizzola, el Ministro del Interior de la izquierda, está haciendo el trabajo de la derecha mejor que la misma derecha. Con orgullo, presentó su proyecto de ‘Policía Comunitaria’, que se está probando en Fernando de la Mora y que pronto entrará en vigor en todo el país. La idea es incitarles a los vecinos de, al puro estilo pyrague, ante cualquier hecho ‘sospechoso’, tomen contacto con escuadrones de los cerdos que circulan en moto grandes y nuevas –la represión sí tiene presupuesto para invertir- por los barrios. Resultado: más policías (pagados y no pagados) irritantes por todos lados, menos confianza entre los vecinos, más control sobre nuestras vidas y menos espacio para circular libremente.

¿Qué tiene de ‘pública’ una plaza enrejada y vigilada por guardias, como la Plaza Italia y dentro de poco la Plaza Uruguaya? ¿Y qué pensar de la amarga ironía de la Plaza de la Libertad, donde una ronda de tereré con amigos puede ser interrumpida en cualquier momento por un uniforme que exige mostrar la cédula?

El espacio público está cada vez más invadido y controlado, no solamente por la policía, sino por todo el sistema. Es difícil encontrar una calle en el centro Asunción donde los humos negros de los colectivos no ensucien nuestros pulmones. Son escasos los lugares donde uno puede sentarse tranquilamente sin preocupación. Por todos lados, y en cualquier momento nos vemos confrontados con publicidad llamativa que nos quiere estimular a consumir siempre más tonterías. ¿Y quién conoce un barrio popular que no está siendo destruido por el chespi?

Más allá de la ciudad la cosa no está mejor. ¿Dónde quedan selvas vírgenes y arroyos limpios? La inmensidad de los campos está limitada por alambres y el ambiente, envenenado por agrotóxicos y transgénicos.

El concepto ‘espacio público’ pierde cada día un poco más de sentido. No existe un afuera del sistema, no quedan lugares que no sean dominados por el capitalismo y el Estado. Cualquier persona con deseos de vivir la libertad inevitablemente choca con la realidad de este mundo, varias veces al día.

Lastimosamente, la mayoría de las personas que nos rodean deciden resignarse y aceptar la realidad impuesta. Sin cuestionar siguen el camino clásico: ir al colegio, trabajar, consumir, casarse, tener hijos y… morir lentamente. Algunos se conforman con las pequeñas comodidades que ofrece el sistema, como un autito o un blackberry. Otros utilizan los fines de semana para soltar todas las frustraciones después de una semana de laburo o aburrimiento escolar: gritan y pelean en los estadios, se emborrachan o se pierden en la dependencia de las drogas.

Para los que queremos más en esta vida, los apasionados de la libertad, queda un solo camino: chocar con la realidad y seguir chocando. Vivir el conflicto y luchar contra cualquier elemento o persona que limita nuestros sueños. La conquista de la libertad y la dignidad empieza por un NO, por un japiró hacia la autoridad. Rehusarte a ser controlado por la calle, expresar tus ideas y rabia, sabotear la normalidad, protestar,… Nuestro arsenal rebelde no tiene límites.

¡A multiplicar y conectar los choques contra el sistema!

¡Tenemos una vida que recuperar y un mundo que ganar!